Un gran hombre, un enamorado de Costa Rica, mi mejor amigo en los EE.UU., falleció ayer en Duluth, Minnesota, donde vivió toda su hermosa vida de 89 años.
La historia de cómo conocí a Jack en 1980 y cómo se desarrolló nuestra larga amistad viene a mi memoria en estos momentos de gran tristeza.
Jack y su encantadora esposa Mavis gustaban de viajar en sus vacaciones por diferentes países. En uno de esos viajes, en Madrid, Cedergren se encontró en el bar de su hotel con un costarricense de nombre Rodolfo Blanco y en animada conversación Jack se interesó por Costa Rica e indagó sobre si exhistían facilidades para sus aficiones predilectas: la pesca y la caza deportivas. Blanco le indicó que no conocía nada de esos deportes y prometió enviarle una lista de aficionados a su regreso al país. Así lo hizo y tan pronto pudo le envió las señas de 12 residentes aficionados a la caza y a la pesca. Ignoro cómo obtuvo mi nombre, pues yo nunca conocí a Rodolfo Blanco, pero lo cierto es que Jack nos escribió a todos y de los 12 yo fui el único en contestarle.
En esa primera carta Jack preguntaba sobre facilidades turísticas-comerciales de caza y pesca y al contestarle que no exhistía entonces nada organizado, le ofrecí servirle de guía, no solamente sin ningún costo, sino compartiendo con él los gastos incurridos. Se inició así una amistad como "PEN-PALS" (amigos por correo) que duró cuatro años hasta que Jack vino a Costa Rica por primera vez en 1984 con sus amigos minnesoteanos Jim, Kenny y Tom. Los viajes a Costa Rica se repitieron dos veces más e incluso me invitó y compartí con ellos tres veces en Minnesota en giras a Dakota del Norte, Churchil, Manitoba en Canada occidental y Lake of the Woods en Canada Oriental, acogiendo allá también a mis amigos José Manuel y Gerardo.
Cuando mi hija Rigel se graduó en el Liceo Franco-Costarricense con un casi perfecto francés, quiso perfeccionar también su inglés y me propuso viajar a una ciudad norteamericana en uno de esos intercambios estudiantiles. Nosotros nos negamos y le dijimos que estaríamos dispuestos a aceptar una estadía así únicamente en casa de nuestro amigo Jack Cedergren en Minnesota. Jack aceptó a Rigel de inmediato con la salvedad de que fuera en casa de su hija Anne con quien Rigel estaría más a gusto. Nació así otra amistad con Anne y su esposo Bill que se selló con viajes de ellos a Costa Rica incluso con ocasión de las bodas de Rigel.
Nunca he conocido a nadie tan desprendido y tan espléndido como Jack. En ningún caso, ni en EE.UU. ni en Costa Rica Jack nos dejó pagar nunca ninguna cuenta. El colmo de los colmos fue que en su último viaje a estas tierras, yo invité a Jack y a su adorable Mavis a un fin de semana en la playa-club Punta Leona. Al término de ese paseo, sigilosamente fui a pagar la cuenta de la estadía de todos, a sabiendas de que si Jack se daba cuenta intentaría pagarla él como era su costumbre. Pagué el total con mi tarjeta de crédito y cuando Jack se dio cuenta, fue a la caja, pidió la cuenta pagada por mí, rompió el voucher firmado por mí y pagó todo con su tarjeta...
Estoy seguro de que Jack Cedergren está ahora en el Cielo ofreciéndose como angel de la guarda de los pescadores de Barra del Colorado.